Son la nueva jet siete . Una nueva oleada de estrellas internacionales de la danza está saltando -cada vez más- de compañía en compañía, convirtiéndose en sus propias marcas, como si fueran directores de orquesta rodamons o grandes divas de ópera.

Con esta práctica, están cambiando las pautas profesionales del mundo del ballet y cambiando una forma de arte definida durando mucho tiempo por estilos nacionales que los bailarines perfeccionaban mientras se hacían grandes en una única compañía, a la cual guardaban lealtad. “La gente con talento no pertenece a ninguna compañía, sino en el mundo de la danza -afirma la bailarina rusa Natalia Osipova en una entrevista por Skype-. A la ópera, por ejemplo, esto ya pasa. El corazón es de la casa, pero los cantantes principales vienen de todas partes”.
Osipova, de 27 años, es un buen ejemplo. Hace unas semanas, bailó su primera Julieta como miembro de Royal Ballet británico, la cuarta troupe de danza con que ha trabajado en los últimos dos años. El poder de convocatoria de su virtuosismo y carisma lo ha traído del Bolxoi de Moscú al Mikhailovski de San Petersburgo y de aquí a Royal Ballet, a pesar de que pertenezca al American Ballet Theater de Nueva York y baile como invitada para compañías como La Scala de Milà y la Australian Ballet.

La danza siempre ha tenido un puñado de grandes estrellas, como por ejemplo Rudolf Nureyev, Mikhail Baryshnikov y Sylvie Guillem, a quienes la fama y el éxito popular los permitieron mantener carreras de estrellas. Pero la tendencia se ha generalizado en los últimos años entre algunos de los grandes nombres del mundo del ballet -Osipova, David Hallberg, Serguei Polunin, Ivan Vasiliev, Alina Cojocaru-, que no sólo cambian de compañía sino que a menudo pertenecen además de una simultáneamente.

Esto está afectando las estructuras tradicionales de las compañías, puesto que incluso los bailarines menos famosos empiezan a imitar el ejemplo de las estrellas y abandonan compañías como Royal Ballet y el Ballet de la Ópera de París -antes consideradas residencias permanentes-, y se niegan a dejar sus carreras profesionales en manso de los totpoderosos directores. Otra consecuencia es también que el público tiene más oportunidades de ver estrellas internacionales y que los bailarines están más muy pagados que nunca.

La temida homogeneidad

Las compañías más emblemáticas son las principales incubadoras de estilos nacionales, que se han forjado a lo largo de generaciones a través de los métodos de entrenamiento y la influencia de los coreógrafos autóctonos. Royal Ballet es conocido por su clasicismo y un buen nivel interpretativo, la Ópera de París por su elegante lirismo, el Bolxoi por su bravura y espectacularidad.

Pero a medida que los bailarines estrella van de una compañía a la otra y el resto de bailarines abandonan el barco a edades cada vez más tempranas, la pureza y la continuidad de estos estilos se ven amenazadas, y se da lugar a una temida homogeneidad entre las compañías de ballet.

Cómo explica Johan Kobborg, exdirector de Royal Ballet, las grandes compañías “se han convertido despacio en una misma cosa, en cuanto al estilo”. “Hay un grupo numeroso de coreógrafos que, a pesar de que son de una compañía, trabajan en todas partes -añade-. Y los bailarines lo tienen todavía más fácil hoy en día para adaptarse”. Benjamin Millepied, que se convertirá en el director de la Ópera de París en septiembre, asegura que, a pesar de que lo hace feliz que los bailarines cultiven sus propias marcas, la internacionalización del repertorio y de las estrellas podría diluir el impacto en el público de los espectáculos de danza.

Según Millepied, algunas estrellas incluso han solicitado unirse al Ballet de la Ópera de París. “Pero yo no quiero hacer esto -afirma-. Porque entonces eres una compañía de ópera: compras los bailarines y compras las producciones. Esto es muy difícil para tus propios bailarines, que trabajan muy duramente. Una compañía de ballet tiene que ser un equipo, tiene que compartir una misma visión; si no lo hace, no tiene integridad”.

Kevin McKenzie, director artístico del American Ballet Theater, opina que los cambios en el mundo de la danza reflejan “el tipo de globalización que tiene lugar en todos los ámbitos de la sociedad”. McKenzie señala que personas de todas las clases sociales tienen hoy en día menos probabilidades de ser al mismo lugar o de mantenerse una carrera durante mucho tiempo.

En busca de retos y dinero

Algunos bailarines afirman que cambian de compañía para conocer estilos diferentes, probar nuevas coreografías y ganarse una reputación internacional. “Vemos más opciones -dijo Cojocaru, que recientemente tocó el dos de Royal Ballet para ir al Ballet Nacional de Inglaterra, pero que también tiene un contrato con el Ballet de Hamburgo-. En lugar de estar esperando que algo pase allá donde soy, puedo ir al lugar donde está pasando. Si las compañías no encuentran la manera de estimular las carreras de sus primeros bailarines, serán ellos quienes buscarán estos retos por su cuenta”.

Pero, como admite Cojocaru, también hay poderosos motivos financieros para estas decisiones profesionales. Las carreras de los bailarines son relativamente cortas, requieren años de formación y están muy expuestas al riesgo de lesiones, y aun así los mejores bailarines del mundo ganan menos dinero que sus equivalentes en otros ámbitos del mundo del espectáculo. Ser en dos compañías o hacer numerosas actuaciones incrementa el poder adquisitivo.

Kobborg añade: “Si puedes estar bailando las mismas obras por el doble de dinero, esto influye”. Hoy en día los bailarines son muy conscientes de cómo sacan provecho de ellos las compañías en términos de prensa y prestigio, y este provecho, según Kobborg, “tiene un precio”.

Las grandes compañías norteamericanas no tienen temporadas completas y no pagan salarios anuales. Sus mejores bailarines ganan buenos sueldos, pero no sumas astronómicas. En la declaración de impuestos del 2011 del American Ballet Theater figuraba que tres de sus bailarines ganaban en compensación total 138.000 euros por cabeza. McKenzie, el director del ballet, dice que todos los bailarines cobran semanalmente, no en función del rendimiento, y que la compañía no paga a las grandes estrellas internacionales -que incluyen Osipova y Polina Semionova, primera bailarina de la American Ballet Theater y del Ballet de Berlín- más del que cobran sus primeros bailarines.

El precio de la libertad

Pero la vida de vagabunda no es fácil para los bailarines. Necesitan entrenarse cada día para mantener la técnica y la mayoría prefieren trabajar con un mismo entrenador durante largos periodos y no cambiar de papeles demasiado a menudo. Hallberg, que se unió al Bolxoi como primer bailarín el 2011, conservando el mismo estatus al American Ballet Theater, confiesa que su primer año fue muy difícil. “Mi agenda se fragmentó: dos semanas aquí, tres semanas allá -recuerda-. Se resintieron mis actuaciones y mi salud. También la salud mental”. Y añade: “He aprendido por la vía difícil. Tienes que ser muy crítico con el que se puede hacer y el que no, puesto que no somos invencibles”.

Osipova dice que “de momento” se ha comprometido a ser un miembro a tiempo completo de Royal Ballet. Pero comenta que la libertad de una carrera itinerante supera las desventajas. Vasiliev, su pareja dentro de y fuera del escenario, añade: “No echo de menos la seguridad de una compañía”.